Puntos clave
1. La felicidad es una quimera: no es un estado permanente ni una obligación.
La felicidad concebida desde el ideal mercantilista, como una obligación que hace que alguien se sienta culpable por estar mal, por atravesar un duelo, por llorar ante la pérdida de un amor, no encuentra lugar en el análisis.
Desafiando el ideal. Gabriel Rolón, desde su perspectiva psicoanalítica, se distancia de la noción contemporánea de la felicidad como un derecho inalienable o una obligación social. Esta visión, impulsada por un "ideal mercantilista", genera una profunda culpa en aquellos que no logran alcanzar un estado de dicha constante, incluso en momentos legítimos de duelo, tristeza o sufrimiento. Para el analista, el consultorio es un espacio de respeto donde el dolor es bienvenido, no algo de lo que avergonzarse.
La tiranía del "estar bien". La sociedad actual, con su "happycracia", presiona a los individuos a estar siempre bien, negando el derecho a la tristeza o el malestar. Esta imposición convierte la felicidad en un imperativo superyoico, una orden que, al ser inalcanzable, condena al sujeto a la frustración y a la búsqueda de soluciones rápidas, a menudo a través del consumo o la medicación, para anestesiar el dolor de vivir. El resultado es una paradoja: en la era de la felicidad, somos más infelices que nunca.
Felicidad por añadidura. El psicoanálisis no promete la felicidad como un fin en sí mismo, sino que busca que el paciente logre una vida diferente, con menos padecimientos y más alineada con sus deseos verdaderos. Si la felicidad llega, será "por añadidura", como un efecto secundario de un proceso de autoconocimiento y aceptación de la verdad, incluso si esta duele. Se trata de una felicidad imperfecta, una "faltacidad", que no exige la ausencia total de sufrimiento.
2. El pasado y el futuro son refugios engañosos para la felicidad.
Si no es aquí y ahora, ¿qué importancia tiene? ¿Sirve de algo darse cuenta a los sesenta años que a los diez fuimos felices?
La edición de los recuerdos. Rolón explora cómo la mente humana tiende a buscar la felicidad en el pasado o a proyectarla hacia el futuro, a menudo de manera engañosa. La nostalgia por la infancia, por ejemplo, puede llevar a una "edición" de los recuerdos, eliminando detalles tristes o crueles para construir una imagen de felicidad plena que quizás nunca existió. Esta idealización del pasado sirve para darle sentido a una vida que se teme haber vivido en vano, como el caso de Daniela, quien embellecía su niñez para escapar de un presente doloroso.
La trampa de la esperanza. De manera similar, la felicidad proyectada hacia el futuro se confunde con la esperanza, una "invitación al engaño" que promete la dicha al alcanzar sueños o metas. Sin embargo, Rolón advierte que el resultado nunca estará a la altura de lo soñado, generando desengaño. La esperanza, al referirse a algo que no se tiene y cuya satisfacción no depende de uno, impide el disfrute del presente y nos mantiene en un estado de desdicha, como el personaje de Enoch Soames que vendió su alma para conocer su éxito póstumo.
El aquí y ahora. La verdadera felicidad, si es posible, debe ser una "felicidad en acto", un disfrute del presente sin refugiarse en la esperanza. Esto implica aceptar la transitoriedad de los momentos dichosos y encontrar la eternidad en el "aquí y ahora", donde lo que fuimos, lo que deseamos ser y lo que somos coexisten en un instante único. Como el maestro zen que "cuando come, come, y cuando duerme, duerme", la sabiduría reside en la intensidad del presente, sin las distorsiones del ayer o el mañana.
3. El deseo humano nace de una falta estructural y es insaciable.
A partir de esa vivencia, todo deseo que tengamos en la vida intentará reencontrar aquel momento mítico en que la necesidad halló el objeto que la calmaba.
El mito de la satisfacción primaria. Freud introduce el concepto de la "Vivencia Primaria de Satisfacción" como un mito fundacional del deseo humano. Al nacer, el bebé es arrancado de un estado intrauterino de satisfacción inmediata. Su primer llanto, una descarga de ansiedad, es interpretado por la madre como una demanda, introduciéndolo al lenguaje y a la dependencia de un "Otro". En este instante, el bebé encuentra un objeto (el pecho materno) que se adecua a su necesidad, dejando una "huella mnémica".
La pérdida del objeto. Sin embargo, este objeto se pierde para siempre, y cualquier búsqueda futura de satisfacción será alucinatoria o parcial. La diferencia entre lo esperado y lo encontrado genera un vacío que da origen al deseo, un impulso perpetuo hacia algo que nunca se alcanzará por completo. Este objeto perdido es el origen de todo deseo, impulsándonos a buscarlo en amores, proyectos e hijos, aunque la completud sea una quimera.
Sujetos deseantes. Lacan profundiza esta idea con el concepto del "Delta" (Δ), un ser sin identidad que se construye a partir de las interpretaciones y demandas del Otro. El deseo, al ser imposible de satisfacer totalmente, nos condena a una búsqueda constante. Esta "falta estructural" es lo que nos hace humanos y, paradójicamente, lo que da sentido a nuestra vida, porque en esa búsqueda vamos llenándola de cosas importantes, aunque la plenitud sea inalcanzable.
4. La esperanza y la procrastinación son trampas que impiden la felicidad en el presente.
La esperanza es un deseo que se refiere a algo que no tenemos (una carencia), del que ignoramos si es o si será satisfecho, y cuya satisfacción no depende de nosotros. En definitiva, esperar es desear sin disfrutar, sin saber y sin poder.
La esperanza como desdicha. Rolón, citando a Comte-Sponville, critica la esperanza como una trampa que nos mantiene en un estado de profunda desdicha. La esperanza se basa en tres características fundamentales:
- Nace de la ausencia: alude a algo que no tenemos.
- Es incierta: ignoramos si se cumplirá.
- Es impotente: su satisfacción no depende de nosotros.
Esta actitud nos impide disfrutar del presente, ya que la felicidad se pospone a un futuro incierto, generando una "calma engañosa" que se apoya en la negación.
El goce de la postergación. La procrastinación, o "postergar hasta mañana", es otra manifestación de esta trampa. Implica alejar el deseo hasta volverlo imposible, eludiendo el compromiso y el esfuerzo que demanda la búsqueda de la felicidad. Aunque a veces se confunde con una espera inteligente (que soporta la ansiedad y mediatiza la respuesta), la procrastinación es patológica, un "goce" que satisface la pulsión de muerte al evitar la responsabilidad de hacerse cargo del deseo.
Desesperación y autenticidad. Para ser feliz, es necesario renunciar a la esperanza y abrazar la "desesperación" en el sentido de Comte-Sponville: amar lo que se tiene y desear lo que se ama sin la ilusión de una completud futura. Esto implica vivir con intensidad el "aquí y ahora", aceptando la transitoriedad de la dicha y la inevitabilidad de la falta, sin postergar la vida en la espera de un mañana ideal. Es preferible una tristeza verdadera a una felicidad tramposa.
5. La felicidad es "extimia": una experiencia personal influenciada por el mundo y los otros.
La felicidad es extimia. Es una emoción que por momentos está en nosotros y al instante deja de estarlo para regresar más tarde.
Lo de adentro y lo de afuera. Rolón introduce el concepto lacaniano de "extimidad" para explicar la naturaleza de la felicidad. No es un tesoro oculto puramente "dentro de uno", ni depende "solo de uno". La felicidad es una experiencia que se percibe internamente, pero su origen y manifestación están intrínsecamente ligados a lo externo: a los otros, a las circunstancias, al mundo. Es una emoción que entra y sale, que nos conmueve y luego se va, como una hormiga en la banda de Moebius.
La mirada del otro. Esta visión desafía el individualismo extremo que promueve la idea de que la felicidad es una construcción solitaria. La felicidad, como el amor o el reconocimiento, a menudo surge de la mirada del otro, de una voz que nos ama, o de un gesto que nos devuelve algo perdido. Es una comunión entre lo íntimo y lo externo, un encuentro fugaz que no puede ser retenido ni fotografiado, sino vivido en el instante, como la emoción de la madre de Rolón al ver la Torre Eiffel.
Interdependencia y sufrimiento. Freud identificó la relación con otros seres humanos como la principal fuente de sufrimiento, pero también es una fuente indispensable de felicidad. La "extimidad" de la felicidad implica que no podemos ser insensibles a lo que sucede a nuestro alrededor. La dicha se entrelaza con el dolor ajeno, y la capacidad de ser feliz a menudo requiere la valentía de enfrentar el sufrimiento de los demás y de reconocer nuestra interdependencia, sin caer en el egocentrismo de la "realidad virtual".
6. La cultura del "disfrute" y el "ir por todo" es un mandato perverso que genera goce y sufrimiento.
La época ofrece y ordena, y aunque compremos todo lo que esté a nuestro alcance y acatemos todos sus mandatos vendrá siempre una oferta nueva, un propósito más para señalarnos que todavía no alcanzamos lo que se espera de nosotros.
El imperativo del consumo. La sociedad contemporánea, impulsada por la tecnología y el consumo, impone un mandato de "disfrute" y la exigencia de "ir por todo". Esta cultura perversa confunde el placer con el goce, empujando a una búsqueda ilimitada de satisfacción que, al ser inalcanzable, condena al individuo a la frustración y la adicción. El Superyó social nos intima a consumir, opinar y ser, alienándonos de nuestro deseo auténtico, como el hombre que arruinó su vida por la droga a pesar de "tenerlo todo".
La "happycracia" y la culpa. La "happycracia" y la "ciencia de la felicidad" refuerzan esta ideología, promoviendo el "crecimiento personal" como un imperativo y culpabilizando a quienes no logran superar el sufrimiento. Esta presión constante por ser feliz y exitoso, sin importar las circunstancias, genera ansiedad, tristeza y la necesidad de anestesiar el dolor con psicofármacos o excesos, alejándonos de una vida auténtica. La resiliencia, convertida en obligación, se vuelve un ideal cruel que niega el derecho a sentirse mal.
El "no" como salvación. Rolón aboga por desenmascarar este mandato perverso y recuperar un espacio para el pensamiento, la creación y la pregunta por el propio deseo. La felicidad no es un confort apático ni una experiencia anestesiada; es incómoda, vertiginosa y requiere la valentía de aceptar los límites y la falta. "Todo no se puede", y es precisamente ese "no" lo que nos detiene ante la locura y nos permite desear, como el consejo griego de la "sofrosine" frente a la "hybris" (desmesura).
7. El éxito no es sinónimo de felicidad y puede ocultar un profundo vacío.
El mundo está lleno de triunfadores sin mérito y meritorios sin éxito. Y de gente con éxito que es infeliz.
Éxito vs. mérito. Rolón desmitifica la relación entre éxito y felicidad, señalando que la meritocracia intenta confundirnos al equiparar el "final feliz" con el merecimiento. La vida, sin embargo, no es justa, y el éxito a menudo es producto del azar o de medios cuestionables, no siempre del mérito. El autor de "Los miserables", Victor Hugo, ya advertía que el éxito es "una cosa repugnante" que engaña. La obsesión por el éxito, impulsada por el mandato cultural de "triunfa, no importa cómo", puede llevar a un profundo vacío y la pérdida del deseo.
La soledad del triunfo. El autor ilustra esto con ejemplos como el de un paciente "exitoso" que, al haberlo "tenido todo", se sentía más vacío que nunca y sin ganas de vivir. La búsqueda obsesiva del éxito a menudo implica sacrificar relaciones, amistades y momentos de placer, dejando al individuo aislado en su triunfo. La euforia del éxito es transitoria y no debe confundirse con la felicidad, que es más profunda y duradera. La pregunta de Bertrand Russell, "¿qué sabe este hombre de sus hijos?", resuena como una advertencia sobre los costos ocultos del éxito.
El valor del camino. Aceptar que "todo no se puede" y que la vida es un territorio con más fracasos que logros es crucial. El verdadero fracaso no es el resultado, sino la ausencia de uno mismo en lo que se hace. Como Piazzolla, que encontró su verdadera voz al abandonar la música académica para abrazar el bandoneón, la autenticidad y la presencia en el camino son más importantes que la victoria final. No es lo mismo ser feliz que haber obtenido éxito, y haber fracasado no nos condena a la desdicha.
8. La pulsión de muerte es una fuerza destructiva inherente que coexiste con la pulsión de vida.
En cada acto vital habrá un halo de muerte, y en el acto más feroz podremos encontrar un resto de erotismo.
La dualidad pulsional. Freud, en su correspondencia con Einstein, expuso la existencia de una pulsión de muerte (Thanatos) inherente al ser humano, una fuerza destructiva que impulsa la violencia y la autodestrucción. Esta pulsión coexiste con la pulsión de vida (Eros), que nos empuja al encuentro, al amor y a la construcción. Ambas fuerzas están fusionadas, nunca se manifiestan en estado puro, creando un conflicto constante dentro de nosotros, como la batalla entre "La fuerza" y "El lado oscuro" en Star Wars.
Disfraces de la destrucción. La pulsión de muerte no es siempre "mala"; también es fundamental para el avance de la humanidad, como en la "pulsión epistemofílica" (pasión por saber) que impulsa la ciencia a destruir conocimientos anteriores para generar nuevos. Sin embargo, puede manifestarse de formas engañosas, como el exceso de control que simula cuidado, los celos que se fingen amor, o la conducta posesiva que se expone como protección, causando sufrimiento. El caso del capitán nazi Hosenfeld, conmovido por la música de Szpilman, ilustra la lucha interna entre estas pulsiones.
La complejidad humana. Aceptar esta dualidad pulsional es clave para comprender la complejidad humana. La vida no es una unidad indivisa, sino un sujeto escindido y ambivalente, donde lo placentero para una parte puede ser doloroso para otra. La pulsión de muerte siempre exige su pago, y la felicidad, si es posible, debe ser alcanzada en medio de esta lucha interna, sin la utopía de un mundo sin conflicto. Hegel diría que solo es humano quien arriesga su vida por algo que no tiene valor biológico, como la libertad o el honor.
9. El Superyó, como voz imperativa, nos empuja al goce y nos aleja del deseo auténtico.
El Superyó da órdenes. Por ejemplo: come, bebe, practica el sexo, compra, sé feliz, disfruta de todo, toma lo que se te antoje. Y cuando lleva al paroxismo de esto, entonces cuando ya nada es suficiente, el Superyó puede decir mátate, o mata.
El heredero del Edipo y el imperativo de gozar. El Superyó, una instancia psíquica que Freud describió como heredera del Complejo de Edipo, incorpora los mandatos parentales y culturales. Sin embargo, Lacan revela su faceta más oscura: un Superyó que hunde sus raíces en el Ello (la sede de las pulsiones) y lanza un imperativo fatal: "goza", es decir, "sufre". Esta voz inconsciente nos empuja a una satisfacción desmesurada y autodestructiva, como el caso de Ezequiel, que se entrega a atracones de comida y alcohol cada fin de semana.
La tiranía de la época. La sociedad actual, con su cultura del "todo ya" y el "disfrute ilimitado", exacerba este Superyó. Nos obliga a ser jóvenes, bellos y perfectos, a consumir sin freno, a buscar una completud imposible. Cuando el deseo se degrada en obligación, se pierde el placer y solo se logra cumplir un mandato que, lejos de traer felicidad, genera un vacío aún mayor y nos aleja de nuestro deseo auténtico. La frase "que los cumplas feliz" puede ser un deseo o un mandato opresivo.
Liberarse del goce. El adicto es el ejemplo paradigmático de la sumisión al Superyó, un esclavo de una sustancia o situación que le ordena gozar. En lugar de hablar y procesar su dolor, el adicto actúa su dependencia, buscando una satisfacción total que solo conduce a la destrucción. El análisis busca desvelar estos mandatos y permitir que el sujeto escuche su propia voz, la voz del deseo, para liberarse de la tiranía del goce, que Lacan definió como "aquello que no sirve para nada".
10. La felicidad es transitoria y debe convivir con el dolor y la falta.
La felicidad, como todo en la vida, ha de ser transitoria. Y no por eso menos intensa.
La "faltacidad". Rolón concluye que la felicidad no es un estado permanente, sino una experiencia transitoria, fugaz, que debe convivir con el dolor, la tristeza y la falta. La vida es un "conventillo" de emociones, donde la felicidad es un habitante más que debe aprender a coexistir con la angustia, el miedo y la soledad. Negar el dolor o buscar anestesiarlo con excesos es una trampa que nos aleja de una felicidad auténtica, una "faltacidad", que acepta la incompletud inherente al ser humano.
La sabiduría de la finitud. La conciencia de la finitud, lejos de ser un obstáculo, es lo que nos invita a salir del letargo y a luchar por la felicidad en el "aquí y ahora". Como Freud le dijo al poeta, la transitoriedad de la belleza no debe empañar su regocijo, sino intensificarlo. La vida está llena de tragedias y dolores, pero también de placer y deseos que se concretan. No se trata de ser "desconocedor feliz de la muerte", sino de abrazar la vida a pesar de ella.
Felicidad a pesar del horror. Ejemplos como el de Ana Frank en el "Anexo Secreto" o el de Otto Frank, su padre, demuestran que la felicidad puede surgir incluso en medio del horror y la pérdida. Su capacidad de amar la vida, de encontrar belleza en la naturaleza o en el amor, y de luchar por la reconciliación y los derechos humanos, son testimonios de una pulsión de vida que se impone a pesar de todo. La felicidad no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de vivir y amar a pesar de él, sin caer en la "fobia al dolor" de la sociedad paliativa.
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Reseñas
La felicidad by Gabriel Rolón receives mixed reviews averaging 3.96/5. Readers appreciate Rolón's exploration of happiness through psychoanalysis, philosophy, and personal anecdotes, finding his writing clear and thought-provoking. Many praise his critique of contemporary society's false promises of happiness and his emphasis on living in the present. However, several reviewers found the book repetitive, overly theoretical, or excessively filled with citations from other authors. Some felt it could have been significantly shorter. Most agree it's not a self-help book but rather a reflective essay challenging readers' conceptions of happiness.
